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Editorial: La oportunidad histórica del 8M

2017-03-13 Twitter Facebook





Significar géneros, dar cuenta de su construcción no es tarea sencilla. Develar la trama cuando la trama es políticamente la acción permanente de ocultar lo evidente, se torna un desafío que exige construir una política que visibilice, que desnaturalice y cuestione lo dado, que reconozca, que democratice, que involucre géneros y mayorías populares, que amplíe y conquiste derechos; y, sobretodo, que su representación y conducción esté en manos nuestras, del pueblo en su conjunto y de las mujeres en particular.


No hay mundo sin nosotras. No hay lo público sin lo privado, la producción sin reproducción. Entonces, es necesario conmover estructuras, lo que las componen y las sustentan. 


Las concepciones de género y trabajo no son simples descripciones de una realidad. Géneros y trabajo organizan la realidad y a la sociedad en ella; transfiguran proyectos y deseos, determinan biografías, nos concretan en cada rato de nuestras vidas. Géneros y trabajo son conceptos que se implican y en su práctica liberan u oprimen, dignifican o despojan. Es la posibilidad o no de la justicia social con igualdad de género lo que esos dos conceptos pueden significar y estructurar. Géneros libres y trabajo digno suponen y replican en su condición de posibilidad un determinado modelo económico y proyecto político de país.


Sin un modelo de inclusión que genere trabajo y justa distribución de la riqueza no es posible proyectar autonomía. Sabemos por ejemplo que sin independencia económica no hay salida para el círculo de las violencias que tiene en su expresión más extrema al femicidio pero cuya inequidad y diferencia se juega en todo tiempo y en todo espacio donde se desarrollan nuestras relaciones interpersonales. Y acá, la implicancia; géneros y trabajo en el mismo trazo del modelo económico. Por eso decimos con trabajo nos queremos. Trabajo para la libertad, para la vida. 


Asistimos en Argentina a un plan sistemático de exterminio del empleo. Es la segunda saga de flexibilización laboral, que avanza sobre los derechos del conjunto. Conocida es la saga por nombrar "gasto" y "costo" a la dignidad del trabajo, por desocupar a la población en general y a las mujeres, a la diversidad sexual, a las personas trans en particular. En consecuencia, cualquier trazado de políticas públicas que en su enunciado pretenda erradicar la violencia machista, cae en saco roto y linda con el cinismo de lo que se oculta en el enunciado aunque a todas luces diga "Ni Una Menos". Tras el enunciado, exclusión planificada, democracia e igualdad en riesgo.


En la Argentina las mujeres sufrimos más desocupación y en lo que va de esta gestión de Estado se calcula un 11,5% de desocupadas (dos puntos más que el desempleo de los varones). Además, estamos sobrerrepresentadas en los trabajos de menor salario, cargamos con mayor informalidad laboral, discriminación y acoso sexual. Todavía hay puestos en nuestro país (jerárquicos y bien pagos) vedados al acceso de las mujeres. 


La brecha salarial entre hombres y mujeres es del 27 por ciento. También, la estadística demuestra que a mayor presencia de hijos e hijas en las casas las mujeres participamos exponencialmente menos en el mercado laboral. Las tareas de cuidado y el  trabajo doméstico no remunerado, no distribuido en el ámbito de lo privado, significa trabajo gratis del cuerpo femenino. Nosotras gratuitamente entregamos nuestro tiempo (más de tres horas al día). Nosotras con nuestro trabajo acallado, permanente, sostenemos y hacemos posible que la rueda gire. Gratis, generamos riquezas.


La oportunidad histórica del Paro del 8 de marzo –que excedió los límites de lo gremial pero que nos invita a los sindicatos a repensar nuestra agenda cotidiana–, fue (y seguirá siendo irreversiblemente) que todas esas demandas que forman parte de la trama de desigualdad entre los géneros las convertimos en masiva acción política. 


Hicimos paro al sistema de dominio y a la derecha que lo encarna, hoy en el poder. Fuimos estallido de silencios de la historia y del contexto; fuimos pueblo en el motor colectivo del movimiento de mujeres. Reconocernos en ese movimiento como tarea de todos y todas es la oportunidad. El Paro de mujeres nos involucra y nos propone ir más allá del tener que ser los géneros. Precisamente, que todos y todas detengamos el sistema que a cada lado del par masculino - femenino nos mandata, reduce y reproduce sin justicia social, sin soberanía, siquiera, de nuestros cuerpos y vidas. El 8M nos puso desde la perspectiva de género en pie de defensa de la democracia y la consigna Ni Una Trabajadora Menos, viene a cuestionar sin tapujos el modelo económico. El modelo, o amplía derechos para la igualdad, proyecta inclusión y allana el terreno para la transformación cultural, o nos expulsa y nos mata.


Cada 18 horas es la cifra que dimensiona el horror.


En este contexto de fragilidad democrática, de arrebato de derechos, de saqueo programado y garantizado por el poder de las corporaciones multinacionales sentadas en el sillón presidencial, ya no es factible la traducción de nuestras necesidades, nuestras libertades y urgencias en políticas públicas integrales, que promuevan dignidad, que extiendan redes, que valoren vidas, que generen oportunidades. 


Es la política como proceso de democratización de lo cotidiano, de nuestros vínculos, lo que está en juego. La política como posibilidad de realización de los pueblos, por ende del trabajo, de los géneros. "Ya no tenemos derechos", nos anuncian con cada resolución de Gobierno. Menos tenemos aún, la invitación a ir por más recreando realización individual en la conciencia colectiva. Al contrario, la política hoy es explícitamente la construcción desbocada e impune de que no todos y todas tenemos derechos; de que sólo algunos tienen la suerte, o el privilegio, que es así, que lo dicta el mercado, que la ruleta financiera ordena, que no hay nada ni nadie que pueda hacer otro el rumbo, que aguantemos, que la resignación llega, que nos vamos a acostumbrar al curso natural de no tener derechos ni conquistas.


Sin embargo, la masividad en la calle una y otra vez expone pueblo en movimiento, sosteniendo convicciones, poniendo el límite. Es muy probable, casi como un llamado del momento histórico, que la responsabilidad sea organizar ese movimiento y más aún imaginar todos los derechos, infinitos: trazar lo imposible para volver a hacer posibles.


En ese sentido, cuando las mujeres decimos que no hay mundo sin nosotras y nos disponemos a develar la trama, estamos disputando lo que nos corresponde y aún en retroceso del contexto social, vamos por todos los derechos… A temblar la tierra con nuestra política en acto, a sacudir estructuras del funcionamiento y las lógicas del poder enquistadas en lo masculino y lo público que nos borra una y otra vez. Vamos por más. Vamos por subvertir ecuaciones y mandatos. Que las fronteras de lo público y lo privado se disuelvan, que la división sexual del trabajo se intercambie y cuestione la reproducción de la pobreza que conlleva; que la política pública intervenga en el espacio de lo íntimo, que lo doméstico por mandato cargado en rol de lo femenino estalle el claustro, que los derechos laborales entren en las casas, que el ámbito de lo privado sea agenda de todos y todas. Atrevernos a feminizar la política, a hacerla cosa de todos y todas; o, en definitiva, que no lleve marca de género. Atrevernos también y a la vez, a distribuir lo privado. Deshacer las dicotomías generizadas del tiempo, del espacio. Que valgamos lo mismo, trabajo, cuerpos, vidas. Que cada cual pueda elegirse, decidirse y que el rumbo sea la inclusión.


Ampliar los convenios colectivos de trabajo con cláusulas específicas y elevar y soñar y pelear políticas de cuidados y reconocimiento de todos los trabajos. 


Nombrar la violencia de género como tal, reconocerla en la estructura de desigualdad de género, y sacarla de lo que la perpetúa y la acalla y la justifica. Sacarla del ámbito de lo íntimo, de lo individual. Dimensionarla como un problema de la sociedad en su conjunto, de las relaciones de poder que nos suceden a todos y a todas. La violencia de género, en la figura que la nombra, se vuelve cosa pública. Ésa es la conquista.


Por último, desde la convicción de transformar y abonar el camino de la justicia social, es necesario construir organizaciones libres de violencias, que democraticen los lugares de decisión, y, desde el rol sindical, que intervengan en ese diseño de la política pública/privada garantizando participación e igualdad.


Porque defendemos la democracia, vamos por más todos los días.

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