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Miradas: Todo Gol es Político

2018-06-15 Twitter Facebook





Es el domingo 13 de julio de 2014. El escenario, el mítico Maracaná de Brasil. Los protagonistas, un alemán de apellido Gotze, y Sergio Chiquito Romero. Esa escena, tan dolorosa para los argentinos, tiene una particularidad: nunca antes, ni tampoco después (al menos hasta dentro de un mes), tanta gente vio en vivo y en simultáneo la misma imagen. Los especialistas calculan que más de mil millones de personas fueron testigos de ese momento.


Este dato nos sirve para graficar la centralidad del fútbol en otra centralidad de nuestras vidas: la industria cultural, del entretenimiento y de la información. Si a esto último le sacamos el “in” nos queda “formación”. ¿El fútbol nos forma? ¿Un Mundial nos enseña? Como en tantas otras dimensiones de la vida, nos encontramos acá con un escenario posible para dar la batalla cultural. ¿Por qué el fútbol? Por su masividad, por su policlasismo, por su carácter popular, aunque el espectáculo deportivo profesional avance hacia la elitización. Porque su supuesta “liviandad” en el terreno del debate político es la tierra fértil sobre la que se construye sentido sin las “barreras” que se levantan al tratarse, por ejemplo, lo partidario.


¿Con qué cosas nos encontramos? No es ninguna novedad que son las empresas periodísticas (y no necesariamente los periodistas que trabajan en ellas) las que marcan el discurso dominante en el terreno de lo deportivo. Entonces, cuestionar sus construcciones de sentido nos sirve para no cederles gratuitamente este espacio, pero también para que la potencia formadora del fútbol se oriente hacia determinadas direcciones y no giren siempre únicamente para ese mismo lado que tanto conocemos.


Entonces, desde un micrófono nos dicen quién tiene que estar citado, qué táctica hay que utilizar y qué jugadores deben salir a la cancha. ¿El por qué? Te lo debo. La afirmación tajante, sin fundamentos, como elemento central en la construcción del discurso. El impacto-conmovedor sobre el conocimiento-convencedor. Tal vez, no solemos replicar el contenido, pero las formas nos bajan un mensaje mucho más peligroso.


Y un día decimos “era por abajo, Palacio”, para explicar la derrota de Argentina en la final 2014. Porque lo simplificado vende, y lo complejo aburre. Tomamos A y explicamos B como juego de causa-consecuencia. Así, matamos al resto del abecedario en un juego embrutecedor. ¿Se imaginan el conocimiento científico construido desde esta lógica? ¿A qué discursos estamos más expuestos? ¿Al del rigor metodológico y la investigación o al “son unos pechos fríos que perdieron tres finales”? ¿Es serio el análisis futbolístico si deja de lado, por ejemplo, a la psicología? Igual, era por abajo, Palacio, pero fuiste vos el que estuvo ahí en esa instancia, decidió y ejecutó en milésimas de segundo.


¿Qué hacemos con la diversidad en los objetivos? ¿Ganar es lo único que importa? ¿Hay que aspirar a la belleza? ¿Lo colectivo como centralidad? ¿Por qué dar una respuesta, zanjar la disputa? Si entendiéramos que se trata de construcciones basadas en gustos individuales que devienen de decisiones tomadas a partir de conocer todas las opciones posibles, bueno, ahí no hay batalla que dar. Pero sabemos que, también en el fútbol, no todas las variantes tienen chances de circular con la misma fuerza. Entonces nos encontramos con pibas y pibes que se chocan de frente, y sufren con mandatos que vienen de otro lado. Ayer, hoy y siempre: educación para decidir. En todo.


Respecto de la manera en la que nos informamos, el fútbol es un gran ejemplo de cómo nos acostumbramos a recibir un estímulo atrás de otro sin margen para dimensionar sobre lo que se nos está hablando. El denominado “color” ha conquistado casi todos los terrenos. En cierta dosis, puede hacernos ver un simpático arcoíris. Pero todo el color junto se convierte en blanco. Ya no distinguimos nada. Así, se suceden en función continuada un caño en un entrenamiento, un hincha que se ríe de un rival y la posible privatización de los clubes. Bueno, tal vez esto último no. Pero “a la gente no le interesa”, responderán. ¿Les suena de algún otro lado?


El análisis “profundo” de un rumor dado por cierto, por aquí, una teoría conspirativa que “no lo dicen, pero es así” por allá, y recontra-mega-archi chequeamos todo. No hay tiempo para revisar, no hay tiempo para analizar. Primicia y reportaje. Estadística y caripela. El fútbol tendrá sus propias características, pero también muchas formas resultan iguales a las de otros ámbitos. ¿Y si empezamos a cuestionar la información que recibimos? ¿Y si nos preguntamos por el espesor de lo que consumimos? A 40 años del Mundial 78 todavía es carne esa teoría entre cierta e incompleta que dice “tapaban lo que pasaba”. Hoy pasan otras cosas, menos graves, es cierto. ¿Pero si en lugar de ocultar la estrategia ahora es mostrar todo junto, al mismo tiempo y por todos los canales posibles? Falta y exceso como dos caras de la misma moneda.


Pero lo que nunca falta es el famoso “no hay que mezclar política con deporte”. Entendiendo a la política siempre como lo partidario (como si además existiera un problema con eso). ¿Qué diríamos, entonces, de los Juegos Evita, política de Estado que permitió no solamente que muchos chicos de todo el país compitieran en torneos deportivos, sino que también accedieran por primera vez a los análisis médicos que eran obligatorios para participar? También, Fútbol para Todos como paradigma comunicacional: de los spots que enseñaban sobre los derechos como consumidores, a ver la publicidad del último celular que venden las empresas telefónicas. Si este fútbol sigue así, todo gol es político.


Y si hablamos de mercado, imposible obviar todas aquellas cosas que naturalizamos a partir de la forma de organización económica: en 40 años pasamos de una Selección Argentina que jugaba en el país, con uno sólo que se desenvolvía en el extranjero, a que de la lista actual de 23 jugadores, 14 no llegan a cincuenta partidos en nuestra Primera División. Neoliberalismo puro y duro. Por suerte, existen fuertes elementos identitarios en relación a los clubes locales, pero  es difícil despegar a nuestro fútbol de su rol de proveedor de materias primas para las potencias. Del granero, al potrero del mundo. ¿Se habla de esto en los principales medios deportivos? ¿Y si explicamos la desigualdad a partir del fútbol?


Es entendible que para muchos y muchas esto sea una forma de distraerse de otras cuestiones, o acaso quieran sentarse en el sillón a ver el Mundial y “que no me rompan”. Pero es que justamente se trata de comprender que en la forma de relacionarnos con el fútbol existe mucho de costumbre, de defensas bajas, de construcciones que nos son ajenas y que si las cuestionáramos nos encontraríamos con posibilidades que nos alejan de la angustia, o de la violencia que evidenciamos cotidianamente. 


El fútbol es un excelente vehículo para poner en discusión lo establecido. Para acercarse a miles cuando otros caminos parecen cerrados. Pero para eso necesitamos desarticular todo lo que construimos alrededor del tema, y no cederles gratuitamente a los mismos de siempre otro escenario más para que sus sentidos sean los únicos que circulen. Gritemos los goles, emocionémonos con el de al lado (la emoción tampoco la podemos regalar) y apropiémonos de otras formas de vivirlo. Como un acto de rebeldía, sí, pero más que nada como una forma de organización política.


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