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José de San Martín

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Los datos sobre los primeros años de vida de José de San Martín son algo confusos, pudo haber nacido el 25 de febrero de 1778 –según la historia oficial – o en algún momento del mes de febrero de 1777 – según dicen otros –; quizá en Yapeyú o en algún lugar de la Banda Oriental o, incluso, de Río Grande. Esta duda surge debido a que no existe su acta de bautismo, que pudo ser quemada por los portugueses cuando atacaron Yapeyú en 1860, o bien pudo ser sustraída por alguien interesado en ocultarla. Fue el quinto hijo de Juan de San Martín – a la sazón, gobernador de Yapeyú- y de Gregoria Matorras; aunque existe una versión que asegura que fue, en realidad, hijo de Don Diego de Alvear y Ponce de León y una india guaraní –Rosa Guarú- lo que lo convertiría en hermano de Carlos María-; lo cual explicaría que alguien quisiera hacer desaparecer el acta de bautismo. 


Sea donde sea que haya nacido, o en el momento en que lo haya hecho, incluso la duda de quiénes hayan sido sus padres; no afectan en nada la figura del Libertador. Sin embargo, durante muchos años, quienes escribieron la historia de este país se empeñaron en brindar datos que sí cambian la imagen del héroe. José no es hijo de una familia noble, ni Juan de San Martín posee una posición acomodada económicamente –ser Gobernador de Yapeyú no era un cargo destacable ni bien remunerado-. Juan tampoco era un hombre que se sintiera “de Buenos Aires”, sino que era un español que extrañaba el terruño. La modificación de estos datos, contribuye a crear la imagen de una persona con los valores dados por la tradición patricia castellana y una educación privilegiada. No obstante, José es morocho y de tez oscura, no responde al estereotipo del noble español sino que es -muy por el contrario- un mestizo educado por una guaraní – Juana Cristaldo- en la Mesopotamia profunda y bilingüe, que poco o nada tiene que ver con la tradición castellana. 


Lo cierto es que José vivió en Yapeyú hasta 1781, momento en el cual Juan de San Martín y toda su familia se trasladan a Buenos Aires. Finalmente, en 1783, es aceptado el pedido de Juan y toda la familia se traslada/regresa a España. Aquí nuevamente, quienes contaron la historia según sus propios intereses, brindan un dato incomprobable y que va, por otro lado, contra todo sentido común: afirman que José cursó sus estudios -a partir de 1786- en el Seminario de Nobles de Madrid. Esta afirmación no está sostenida por ningún documento, la misma institución afirma que José no figura en ningún acta de la época. El sentido común hace dudar, a esta institución asistían los hijos de los nobles y de los acaudalados; y sabemos que la situación del padre era cuando menos acuciante debido a la cantidad de sueldos adeudados por el Estado español a sus soldados. Sin apellido patricio ni ingresos estables ¿Cómo podría una familia de cinco hijos cubrir semejantes gastos? Sin embargo, los historiadores mitristas se empeñan en ubicarlo en este lugar. ¿Por qué? Simple, este es el colegio de la élite castellana de ese momento; lo cual viene a sumar a la imagen que Mitre pretendía para el Padre de la Patria. De nuevo, si alguien iba a ocupar ese lugar, era necesario que respondiera a ciertos cánones, aun cuando eso implicara forzar la realidad.


En 1789, cumpliendo el mandato familiar, José ingresa al regimiento de Murcia como cadete. En 1793, con apenas quince años, entra en acción en la guerra Franco-Española, donde sus actuaciones destacadas en diversos combates le acarrean un ascenso veloz hasta llegar a teniente segundo. En 1808, es condecorado con la medalla de oro por su actuación heroica en la batalla de Bailén, contra las fuerzas de Napoleón.


Por estos momentos, San Martín sigue con atención los movimientos que se dan en América. Para Mitre y los mitristas, esto se debe a que José siente el llamado de la tierra, de una infancia que lo persigue y que nunca pudo olvidar. Siente que su deuda con la Madre Patria se encuentra ya saldada y que puede volver a su tierra. Extraña lectura, imposible de ser comprobada o contrastada aunque, eso sí, desprovista de toda mirada política de parte del héroe, que vuelve impulsado sólo por el amor a esa tierra que habitó apenas tres años en su más tierna infancia. Sin embargo, esta versión de la historia es la que ha prevalecido a lo largo de los años. El punto flojo de esta mirada, implica marcar que San Martín nace y crece a finales del 1700, cuando esta tierra era territorio español, esa es su Patria. Resulta difícil imaginar el sentido de pertenencia que un hombre de alrededor de 30 años podría tener para un país que ni siquiera existía como tal cuando él nació. Su patria era España, la bandera por la cual había peleado su padre, y por la que en ese momento peleaban él y su hermano.  


Otra mirada, permitiría analizar políticamente las actuaciones del Libertador. Entender que se enmarca en las entonces novedosas ideas liberales que recorren Europa. Por eso, con España ocupada por las fuerzas napoleónicas, San Martín va a Cádiz para poner su espada al servicio de una Junta Suprema que esboza ideas liberales y democráticas de avanzada para la época. El General cree en la libertad, no como independencia sino como valor de igualdad y democracia. Por eso, es posible pensar que cuando esa Junta hace un giro hacia el sostén de los privilegios y la restauración de Fernando VII, varios españoles americanos comenzaran a mirar los procesos americanos como la oportunidad de seguir la lucha del otro lado del océano. Esta mirada es peligrosa para la historia oficial, porque implica una elección ideológica y política, no una mirada romántica.  


San Martín llega a Buenos Aires vía Londres, donde se reúne con varios americanos que piensan como él, incluido Francisco de Miranda. No es casual que estas reuniones se den en este lugar, puesto que Inglaterra ve con buenos ojos la independencia de la América española. Incluso, el barco en el que regresan es el George Canning, perteneciente a la poderosa empresa británica con intereses concretos de este lado del Atlántico.


A tal punto es política su mirada que, apenas desembarcado, San Martín se junta con Monteagudo y su Sociedad Patriótica, que es opositora al Primer Triunvirato por su carácter de pro monárquico, y bregaba por la independencia y la república. Esta alianza, los mantendría juntos toda la campaña independentista, hasta la muerte de Monteagudo.


El resto es historia conocida, la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo, la marcha sobre la Plaza de Mayo (que por aquellos tiempos era la Plaza de la Victoria), la exigencia de la renuncia del Primer Triunvirato. Un segundo Triunvirato con ideas que comulgaban con las de San Martín y Monteagudo.


En 1813 los Granaderos tienen su bautismo de fuego en la batalla de San Lorenzo y San Martín se transforma en una figura que el paso del tiempo sólo atinaba a agigantar. En 1814 recibe la orden de hacerse cargo del Ejército del Norte (hasta entonces comandado por Manuel Belgrano). Poco después es nombrado Gobernador de Cuyo y se asienta en Mendoza. Allí será donde diagrame su estrategia para liberar Chile y, desde ahí, marchar sobre Lima (el gran bastión realista en la región). Su gobierno en Cuyo, si bien breve, avanzó en cuestiones como la educación, el desarrollo de la agricultura, y la trasformación hacia un sistema impositivo de carácter progresivo.




En 1817, al mando del Ejército de los Andes, comienza su campaña a Chile, y su arenga al partir quedaría en la historia “la guerra se la tenemos que hacer como podamos, si no tenemos dinero, carne y tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios, seamos libres que lo demás no importa nada. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país completamente libre, o morir con ellas como hombres de coraje.”


En febrero de 1817 el Ejército de los Andes vence a los realistas en Chacabuco, iniciando así la campaña por la independencia de Chile. Un mes después se da la terrible derrota de Cancha Rayada. Un año hizo falta para reorganizar el ejército en torno a los hombres del General Las Heras y vencer definitivamente a los españoles en Maipú en abril de 1818.


En 1819, Pueyrredón le ordena que se ocupe de comandar la represión a las fuerzas de Artigas, que luchaban contra los portugueses, a lo que responde que “jamás desenvainará su espada para derramar sangre de hermanos”.


Luego de muchas idas y vueltas, en 1820 San Martín parte de Valparaíso con 14 barcos y casi cinco mil hombres. En diciembre de ese año, bloquea el puerto de Lima. Finalmente, el 10 de julio de 1821, San Martín entra triunfante a Lima. El 28 de julio de ese mismo año, se declara la independencia del Perú, quedando el General con el cargo de “Protector”. Abolen la esclavitud, la mita y el yanaconazgo; se declara la libertad de imprenta y la libertad de culto. Además, se funda la Biblioteca pública y varias escuelas.


A finales de julio de 1822, se produce el famoso encuentro de Guayaquil, tan manoseado por la historia mitrista, hasta convertirlo casi en un encuentro de vedettes que competían por el cartel. Sin embargo, allí el debate era claro, y giraba en torno a quién conduciría el Ejército Libertador que terminara la campaña contra los realistas. Contrariamente a lo que se cree en general, el Jefe del Ejército de los Andes nunca solicita ponerse a la cabeza, sino que propone que el líder sea Bolívar. Sin embargo, éste responde que un general del nombre y nivel de San Martín nunca podría ser un subordinado suyo. Ante esto, el General decide renunciar a todos sus cargos y dejar sus tropas a cargo de Bolívar, para regresar a su país. Aquí se vuelve a ver el sesgo ideológico, no se trata de personalismo ni de nombres, para San Martín lo importante es la lucha por la Libertad como concepto, en su carácter de revolucionario, el Libertador siempre pone delante de sí mismo el objetivo superior. Más allá de las diferencias políticas o militares puntuales con Bolívar, tiene claro todo el tiempo que el objetivo es superior, y es en nombre de ese objetivo que se mueve.


En su regreso a Mendoza, San Martín debe enfrentar las consecuencias de haber desafiado al poder de Buenos Aires. Rivadavia le niega el permiso para visitar a su esposa, que estaba moribunda. Además, los federales le advierten que el gobierno pretende enjuiciarlo por haber desobedecido sus órdenes, y le ofrecen ponerse a la cabeza del ejército federal para marchar sobre Buenos Aires si eso llegara a suceder. El Libertador se niega, recordando su respuesta ante el pedido de enfrentar a Artigas, por lo que decide marcharse a Europa en 1824.




En 1829, El General tiene un fugaz regreso a Buenos Aires, aunque ni siquiera llega a desembarcar, enterado del reciente fusilamiento de Dorrego. Muchos se esperanzan con que San Martín se haga cargo del poder, pero éste se niega, consciente de que implicaría inevitablemente una guerra civil. Convencido desde siempre que el poder debe ser ejercido por los civiles y no por los militares, opta por regresar a Europa. 


Su gran entrega se evidencia nuevamente cuando en 1838, ya enfermo y con sesenta años, le ofrece a Rosas sus servicios para enfrentar el intento de invasión anglo francesa. Gesto que es agradecido por Rosas.


El gran general muere el 17 de agosto de 1850, pidiendo descansar en territorio argentino y legando su espada a Juan Manuel de Rosas, por sostener “el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.” Los escribas del poder se empeñaron con fuerza inusitada en manosear la historia de ese morocho de tez oscura, con cara de mestizo y educado por una guaraní en la Mesopotamia profunda y bilingüe, para adaptarla a sus necesidades. Su convicción política e ideológica en torno a la libertad y la igualdad, resultan molestas; así como su convencimiento de que la política es un camino para la igualdad y la felicidad de los pueblos. Héroe nacional y latinoamericano, protagonista indiscutido de la independencia de tres países, y actor necesario en la de otros tantos; el mejor homenaje es arrancarlo del bronce y devolverle la humanidad en la que cifraba sus esperanzas de un mundo con mayor libertad.


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